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El
rey Asuero vivía feliz en su palacio, que parecía
sacado de un cuento de hadas. Daba espléndidas
fiestas, que solían durar siete días y
donde no faltaba más. Al final de una de ellas,
la más maravillosa , pensó: “Mis
invitados han visto que soy inmensamente rico y poderoso.
Mandaré llamar a la reina; así verán
que también tengo la mujer más bella del
mundo.”
-Majestad,
el rey desea que esté presente en su fiesta-
dijeron los servidores a la reina.
-No pienso ir –contestó ella-. Estoy harta
de que me traten como si fuera un objeto.
Asuero
no estaba acostumbrado a que le contradijeran, menos
a que lo hiciera una mujer, y mucho menos que fuera
su propia esposa.
-La desobediencia de la reina debe ser castigada de
inmediato. Imagínese si las demás mujeres
se enteran y siguen el ejemplo de su esposa. ¿Qué
sería de nosotros, los hombres? ¿Qué
sería del mundo? Dijeron sus consejeros.
El
rey repudió a su esposa y se buscó otra.
La eligió entre muchas muchachas. La elegida
resultó ser Ester. Ella era sobrina de un viejo
judío llamado Mardoqueo.
Éste había salvado al rey de un complot
contra su vida. Lo que le trajo la enemistad de Amán
el hombre más cercano al rey.
-Ester, no digas al rey ni a nadie de la corte que eres
judía y menos que eres mi sobrina. –dijo
Mardoqueo a la futura reina.
Todos
los días Mardoqueo acudía al palacio para
mirar de lejos a su sobrina. Pero a Amán su presencia
le resultaba odiosa. Los judíos no le caían
bien y le sugirió al rey hacer una ley para sacarlos
del reino.
-
Los judíos dicen de ti, divino y poderoso Asuero,
que eres un reyezuelo.
- Esto es intolerable lo que me dices Amán. –gritaba
el rey Asuero.
El rey firmó entonces una ley escrita por Amán
en la que ordenaba sacar al todos los judíos
del reino.
Ester,
al conocer la noticia se sintió muy triste y
corrió a sus habitaciones y pasó allí
tres días con sus noches llorando, sin comer
y rezando todo el tiempo. Al fin tomó una decisión
y le dijo al rey que quería una fiesta .
También
le pidió que invitara a Amán y le daría
conocer lo que ella deseaba para ser feliz. El rey pasó
la noche pensando en lo que haría en la fiesta
y recordó al viejo Mardoqueo. Pero no recordó
que él lo había salvado de un complot
contra su vida. Consultó las cónicas de
su reinado y preguntó si se le había recompensado
a ese hombre su valor al salvarlo. Los sabios de la
corte le dijeron que no.
A
la mañana siguiente Amán se presentó
ante el rey. Estaba feliz por la invitación de
la reina a su fiesta. El rey le preguntó la forma
en la que un rey debía recompensar a un hombre
que le había salvado la vida. Amàn pensó
que hablaba de él y le contestó. Debería
regalarle sus ropas, su caballo y su corona.
El
rey le pidió entonces que cogiera las cosas que
había dicho y se las llevara a Mardoqueo. Amán
no tuvo más remedio que obedecer.
Ya
en la noche en uno de los salones del palacio lleno
de invitados, la reina Ester habló:
-Ya
sé que te voy a pedir, querido esposo y rey.
Pero antes debo decirte que soy judía y no quiero
vivir como una persona injusta –dijo Ester al
rey. Quiero que suspenda la ley en la que manda sacar
a los judíos del reino y se hagan nuevas leyes
que protejan a todo tu pueblo.
El
rey, intrigado e intimidado por la valiente actitud
de Ester, le preguntó: -Pero... ¿de qué
debo proteger a la gente de mi pueblo?
-De usted mismo. De sus abusos.
De
los ojos del terrible Asuero brotaron lágrimas
y comprendió su terrible e injusto error. Reflexionó
por algunos segundos... Luego sus ojos brillaron y con
nuevos aires dijo:
-Ester, tienes mucho valor y eres sabia. Cumpliré
tu deseo. Además, Amán se irá de
la corte y Mardoqueo ocupará su lugar como mi
consejero.
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