| En un principio la gente vivía
en la oscuridad. Los Warao buscaban yuruma en tinieblas y
sólo se alumbraban con candela que sacaban de la madera.
En ese entonces, no existía el día ni la noche.
Un hombre que tenía dos hijas supo un día que
había un joven dueño de la luz. Llamó
entonces a su hija mayor y le dijo que fuera donde el joven
y comprara la luz.
Ella tomó su mapire y partió. Pero encontró
muchos caminos por donde iba, y tomó el que la llevó
a la casa del venado. Allí conoció al venado
y se entretuvo jugando con él. Luego regresó
donde su padre, pero no traía la luz.
Entonces el padre resolvió enviar a la hija menor al
joven due;o de la luz, con el mismo encargo. La muchacha tomó
el buen camino y después de mucho andar, llegó
a la casa del dueño de la luz.
— Vengo a conocerte — le dijo —, a estar
contigo y a obtener la luz para mi padre. |
— Te esperaba —
le contestó el dueño de la luz —. Ahora
que llegaste, vivirás conmigo.
El joven tomó una caja, el torotoro, que tenía
a su lado, y con mucho cuidado, la abrió. La luz iluminó
sus brazos y sus dientes blancos.
Y también el pelo y los ojos negros de la muchacha.
Así, ella descubrió la luz, y el joven, después
de mostrársela, la guardó.
Todos los días, el dueño de la luz la sacaba
de su caja y hacía la claridad para divertirse con
la muchacha.
Así pasó el tiempo. Jugaban con la luz y se
divertían. Por fin, la muchacha recordó que
tenía que volver con su padre y llevarle la luz que
había venido a buscar.
El dueño de la luz, que ya era su amigo, se la regaló.
La muchacha regresó donde su padre y le entregó
la luz encerrada en el torotoro. |