| El padre tomó la caja,
la abrió y la colgó en uno de los troncos que
sostenían el palafito.
Los rayos de luz iluminaron el agua del río, las hojas
de los mangles y los frutos del merey.
Al saberse en los distintos pueblos del Delta del Orinoco
que existía una familia que tenía la luz, comenzaron
a venir los warao a conocerla. Llegaron en sus curiaras desde
el caño Araguabisi, del caño Mánamo y
del caño Amacuro.
Curiaras y más curiaras llenas de gente y más
gente. Llegó un momento en que el palafito no podía
ya soportar el peso de tanta gente maravillada con la luz.
Y nadie se marchaba porque no querían seguir viviendo
a oscuras, porque con la claridad la vida era más agradable.
Por fin, el padre de las muchachas no pudo soportar más
a tanta gente dentro y fuera de su casa.
— Voy a acabar con esto — dijo — Si todos
quieren la luz, allá va. |
Y de un fuerte manotazo,
rompió la caja y lanzó la luz al cielo. El cuerpo
de la luz voló hacia el Este y la caja hacia el Oeste.
Del cuerpo de la luz se hizo el sol. Y de la caja en que la
guardaban, del torotoro, surgió la luna. De un lado
quedó el sol y del otro, la luna.
Pero como todavía llevaban la fuerza del brazo que
los había lanzado, el sol y la luna marchaban muy rápido.
El día y la noche eran muy cortos, y amanecía
y oscurecía a cada rato.
Entonces el padre le dijo a su hija menor
que le trajera un morrocoy pequeño. Cuando lo tuvo
en sus manos, esperó a que el sol estuviera sobre
su cabeza y se lo lanzó, diciéndole:
— Toma este morrocoy. Es tuyo, te lo regalo. Espéralo.
Desde ese momento, el sol se puso a esperar al morrocoycito.
Y al otro día, cuando amaneció, el sol iba
poco a poco, como el morrocoy, como anda hoy en día,
alumbrando hasta que llega la noche.
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