| Hace largos años, cuando
los shuaras recién empezaban a poblar las tierras orientales
del Ecuador, la selva no existía. En su lugar se extendía
una llanura manchada solamente por escasas hierbas.
Una de éstas era el unkuch, el único alimento
de los shuaras. Gracias al unkuch, los shuaras
pudieron soportar durante mucho tiempo la aridez de la arena
y el calor sofocante del sol ecuatorial. Lamentablemente,
un día, la hierba se esfumó y los shuaras comenzaron
a desaparecer lentamente.
Algunos, recordando otras desgracias, echaron la culpa a Iwia
y a Iwianchi, seres diabólicos que desnudaban la tierra
comiéndose todo cuanto existía; pero otros continuaron
sus esfuerzos por encontrar el ansiado alimento. |
Entre estos había
una mujer, Nuse, quien venciendo sus temores, buscaba el unkuch
entre los sitios más ocultos y tenebrosos, aunque inútilmente.
Sin desanimarse, volvió donde sus hijos y, contagiandoles
con su valor, reinició con ellos la búsqueda.
Siguiendo el curso del río, caminaron muchos días;
pero a medida que transcurría el tiempo, el calor agobiante
de esas tierras terminó por aplastarlos.
Así, uno a uno, los viajeros quedaron tendidos en la
arena.
Inesperademente, sobre la transparencia del río aparecieieron
pequeñas rodajas de un alimento desconocido: la yuca.
Al verlas, Nuse se lanzó hacia el río y las
tomó. Apenas probó ese potaje sabroso y dulce,
sintió que sus ánimos renacían misteriosamente
y enseguida corrió a socorrer a sus hijos.
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