| De pronto, percibió
que alguien la observaba desde el viento. Inquieta, hundió
sus ojos por todos los rincones, mas sólo vio la soledad
plomiza del desierto. De repente, de eentre esas ráfagas
que silban lejanías, se descolgó una mujer de
belleza primitiva.
Nuse retrocedió asustada, pero al descubrir la dulzura
en el rostro de esa mujer le preguntó quien era:
-Yo soy Nunkui, la dueña y soberana de la vegetación.
Sé que tu pueblo vive en una tierra desnuda y triste,
en donde apenas crece el unkuch, pero...
-¡El unkuch ya no existe! Era nuestro alimento y ha
desaparecido. Por favor, señora, ¿sabe dónde
puedo hallarlo? Sin él, todos los de mi pueblo morirán.
-Nada les ocurrirá, Nuse. Tú has demostrado
valentía y por ello te daré, no sólo
el unkuch, sino toda clase de alimentos.
En segundos, ante los ojos sorprendidos de Nuse, aparecieron
huertos de ramajes olorosos.
Nuse quedó extasiada, pues jamás había
visto nada semejante: el paisaje era majestuoso y la música
que cantaba la floresta, le había robado el corazón.
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-Y para tu pueblo, / continuo
Nunkui / que hoy lucha contra la muerte, te obsequiaré
una niña prodigiosa que tiene la virtud de crear el
unkuch y la yuca que has comido y el plátano y ...
Nunkui desapareció y en su lugar surgió la niña
prometida.Nuse quedó deslumbrada por lo que había
visto, y aún no salía de su asombro cuando la
pequeña la guió entre la espesura, donde llegó
a sentirse tan a gusto, que deseaba permanecer allí
para siempre.
Sin embargo, el recuerdo de su pueblo la entristeció.
Pero entonces la pequeña, la hija de Nunkui, como luego
la llamaron, le anunció que allá también,
en el territorio de los Shuaras, la vegetación crecería
majestuosa.
Alborozada, Nuse reanimó a sus hijos y retornó
a su pueblo.
Cuando llegaron, la niña cumplió su ofrecimiento
y la vida de los Shuaras cambió por completo.
El dolor fue olvidado. Las plantas se elevaron en los huertos
y cubrieron el suelo de esperanzas. |